miércoles, 17 de febrero de 2010

Mis terracitas

Hace ya dos semanas que las visito. Desde entonces, no he dejado de acudir un solo día. No sé cuanto tiempo llevan ahí, pero creo conocerlas de toda la vida.
Subo la escalera corriendo, saltando los peldaños de dos en dos, de tres en tres. Conforme asciendo, me voy encontrando más y más relajado.
En el último rellano, una ilusión en blanco intenso. Pura luz que al filtrarse por las rendijas de la pequeña portezuela, grita a voces un deseo de contarte sus secretos, como cada noche.
Al abrir, mi primera terracita, con sus baldosines de barro, nunca frios, nunca calientes. Siempre voy descalzo.
A mi alrededor, imágenes, historias que vienen y van. Mientras creo flotar, recuerdos, momentos de todas las edades aparecen y desaparecen armónicamente, en una coreografía perfecta.
Tras los bordillos, una segunda terracita, un poco más allá, la tercera. La cuarta nunca la visito, paso a la siguiente diréctamente. Se pierde el orden. Su número no importa. Aquí nada importa.
Hoy he tenido un día duro, cansado. Puedo jurar haberlo tenido un millón de veces, demasiadas. Todos los días parecen ser siempre el mismo día.
Pero no me preocupa, porque tras apagar la luz,  aparecerá ante mí una escalera, como la de anoche, y me apresuraré a subir, curioso, ilusionado, cada vez más aprisa, para abandonarme, confiado, en las relajadas historias que, como una brisa, solo susurran mis terracitas.

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